Capítulo V

     En Bogotá mejore mucho en las notas escolares, sin tantos problemas de apodos ni rencillas con los otros niños, me dediqué al estudio: sacaba buenas calificaciones en matematicas y ciencias. Era contradictorio allí en ‘Cachaquilandía’ mi tierra natal: por mis compañeros estudiantes y los profesores yo fui llamado ‘El  costeño’ y, muy coloquialmente, la profe, una bumanguesa, me llamaba con el apelativo cariñoso de ‘Costeñito’.

      En los recreos, en cualquier momento, yo me colaba a escondidas al salón de música. Me imaginaba imitando a los músicos que en la Costa había visto en los templetes improvisados como tarimas cuando amenizaban en los pueblos las verbenas carnavaleras o celebraciones típicas como fandangos e interpretaban melodías de rumba pegajosas que hacían mover impulsivamente el cuerpo con su son sabroso, como las cumbias, con señores como Lucho Bermúdez, Pacho Galán o los vallenatos. Muy rápidamente tocaba locamente el piano por unos instantes, sin ninguna nota concordante y, despierto, soñaba con un público que bailaba, mientras recibía aplausos. Volvía a la realidad y… ¡corra!, para que no me pillaran. Casi todos los días me divertía haciendo esa travesura.

     Al final de clases nos formaban en el patio. Con largos discursos, el rector nos interrogaba buscando el bromista. Yo, callado. Unos profesores sabían de mi afición y no decían nada, siempre guardaron silencio de mis sonidos musicales discordantes. En la fila se escuchaban los murmullos “tengo hambre”… “qué frío”… “qué hora es”… Rinngg, Rinnnggg. Salíamos a toda corriendo a casa o al parque a jugar.

     En el colegio mejoré la conducta. Mis compañeros me respetaban. Yo les peleaba muy bien cuando tocaba defender el honor, con técnicas costeñas, y siempre les vencía como fuera: a mano limpia, dándoles coñazos y patadas, o con un palo o con tierra en los ojos. Llegué a ser temido y respetado, por ello mejoró mi conducta. Con mis amiguitos del colegio iba al apartamento o a los parques a jugar futbol con balones de cuero livianos, fáciles de patear, diferentes a los de Barranquilla que eran bolas de trapo pesadas, duras, que los papás compraban en Barranquillita o la tienda del barrio… ¡Ah!, los pelaos costeños haciendo gambetas y full pases en cualquier terreno y a pie pelao… Allá se juegan grandes partidos, bajo el sol caribeño, soñando con ser goleadores del Junior, tu papá.

     En esos años, los parques, como todos en Colombia, eran muy sencillos: de dos rodaderos, todos con la pintura descascarada, algo oxidados, en el olvido de un veintenar de años; unos columpios para tres personas a la vez, unas canchas a medias… Esos, los prototipos de parque. Claro que la ciudad central contaba con parques grandes como, por ejemplo, el de la Independencia, el Nacional y otros en el norte, grandes, bien arborizados, pero siempre sitios dejados a la aventura del tiempo y el clima. En la capital, ¡esas zonas de deporte con melindrosos gamines sucios con

las ropas curtidas viejas y rotas!

     Nunca, óigame bien —o mejor: léanme bien—, en la Costa vi un gamín. Investigué y es que en esa tierra divina veían un niño pidiendo y le brindaba comida, techo, amor… Lo acogían como un hijo más y la magia divina de Dios proveía prosperidad. Esos niños, cuando crecieran, iban a ser los hijos más agradecidos y, ya grandes, serán señores con un corazón lleno de ternura y honestidad.

     Siempre vivía con unos deseos increibles de cambiar las cosas, con ideas de inventar, de renovar. Experimentaba con mis juguetes, añadiéndoles objetos o pintándolos con marcadores o esmaltes que le robaba a mamá. Al carro de bomberos lo convertía en un bus, con cajitas de cartón elaboraba cabinas para los pasajeros, eran feas, pero las veía

muy bonitas. Si hacía falta una vasija para el agua en el hogar,

Fernando Awad y Consuelo Virviescas de Awad.

una botella o tarro los transformaba en una jarra y ve: ¡salían durables! De los envases, sacaba embudos. Se dañó el suiche de la luz del cuarto, mamá lo cambió y yo le puse atención. La proxima vez yo sabía hacerlo.

     Mi padre no arreglaba nada, creo que no sabía ni soltar un tornillo, él lo único que cuidaba era su maquina de escribir, una Remington negra, antigua, alta. A ratos le echaba aceite y miraba la cinta, a veces retrocedia moviendo los carretes, cintilla de esas con dos franjas, una negra y la otra roja: se podia escribir en negro o rojo, ¡que maravilla! Un día me contó que un amigo escritor colombiano se la regaló, nunca supe el nombre.

     Muchas veces me sentaba a escribir algunas palabras, papá me acomodaba en el asiento, suavemente colocaba su mano izquierda en mi hombro, yo con la espalda recta y pensativo como cuando él solía escribir, anotaba cortas palabras, me miraba y se reía pícaramente. Un día me dijo: “Suéltate, escribe como hablas, cuenta tu vida con todos los detalles… Quéjate, ama escribiendo poesías, para hacer el amor en letras”.

     Para ese año nació mi primorosa hermana. Llegó al mundo prematuramente, con solo 8 meses, y era tan pequeña, que papá la cargaba con una mano. Sus ojos eran verdes y brillaban como dos hermosas esmeraldas. Por un mes estuvo en la clínica, en una incubadora. Esperé a que saliera de la clinica para conocerla, mostrarle y compartirle mis cosas, mi pequeño  mundo. Le he querido. Es la

única mujer de mis cuatro hermanos, muy especial: primero, zurda; segundo, habla hasta por los codos y, como toda buena costeña, siempre tiene la razón, nunca pierde. En un dialogo lo sabe todo. Bailadora con ritmo barranquillero, excelente hermana, amiga y magnifica hija.

     Los fines de semana salíamos en familia a pasear y a que mi hermana se asoleara para que se calentara un poquito y mejorara el color de las mejillas, que siempre estaban descoloridas. Muchas veces los recorridos los hacíamos por los museos, por la antigua Candelaria, la zona colonial con casas republicanas, donde nos contaban historias y sucesos de la época de Bolívar y de fantasmas que habitaban la noche de los caserones. Nos gustaba pasear por los lados de la Presidencia, son lugares bien conservados: viviendas extraordinarias, con balcones en madera, con vetas agrietadas, viejos portones de madera deformados por los años, con antiquísimos candados, como eternos guardianes asegurando el patrimonio de antiguos personajes.

     En el Museo del Oro me daban unos deseos de robarme un adornito de esos brillantes, en oro, solo para adornar mi habitación.

     En el norte había bastante por pasear, pero no nos quedaba cerca y preferíamos el centro. Algunas veces mi padre me llevó a la emisora y siempre me paseaba por el frente de los diarios El Tiempo y El Espectador, que quedaban, uno, en la Jiménez con séptima y, el otro, una cuadra arriba, por la calle 13, por el hotel San Francisco. Muy sutil e inteligentemente, me mostraba con orgullo e hincapié esas pirámides del intelecto del país. Siempre soñaba con que un hijo hiciera lo mismo que él o más.

     Los domingos terminábamos comiendo helado frente a

la plaza de armas de la Guardia Presidencial a la espera del cambio de mando. Era muy bonito ver los cadetes con sombreros altos como cónicos, con cordones blancos, finos, delgados, que les cuelgan y se escurren como cabellos claros canosos por esos gorros hasta comenzar la frente. Sus uniformes de colores vivos, con herrajes brillantes como joyas, con cinturones de cuero, marchando al ritmo militar con la música de retumbantes tambores y los trompetazos. Los que salen les entregan las armas a los que entran al turno, todos luciendo sus uniformes pulcramente planchados, sin una arruga; botas relucientes, como de charol, siempre nuevas. Su caminar es elegante, se muestra y se siente lo grande que es la democracia. Hoy y siempre quiero decir “¡Que viva la Paz!”.

     Nunca entendía las cosas que me gustaban y realizaba por impulsos, sin razón. En un cuarderno escribía cosas bobas que me pasaban. No sabía por qué lo hacía, ni el interés; era solo una fuerza interna, formando cuentos cortos que a los pocos días no me gustaban. O por miedo a que me los leyeran y causaran burla, arrancaba las hojas y las echaba al cesto de la basura. Escribía sobre amores de mentiras con compañeras del colegio que me gustaban, pero por cobardía no era capaz de decirles “qué bellos tienes los ojos”, muy a pesar lo simpático que yo era. Me imaginaba esos grandes amores y largos besos que no eran más que invenciones de historias soñadoras de un niño de 6 años.

     Una mañana que me levanté temprano me sorprendió un señor joven que dormía en el sofá de la sala. Corrí y le pregunté a papá, todo asustado, sobre ese extraño que dormía en la sala. Me contó que era un primo. “No le hagas ruido, déjalo dormir”, me dijo… Años después sabría quién era ese señor joven…

Capítulo VI, una historia real

     Un par de años después nació mi segundo hermano, un bebe caucásico, de ojos claros, pa’qué. Entrañables familiares, bien parecido. Le llevaba unos cinco años de ventaja, era el niñero de él y de mi hermana. Me hacían unas pilatunas, eran desordenados, destructores, muchas veces me rayaron los cuadernos del colegio o arrancaban las hojas, se comían lo que encontrarán en la nevera, en las ollas o de la alacena. Con sus caras todo inocencia, me acusaban de lo que ellos hacían y terminaba en

De derecha a izquierda Fernando Awad, padre de ‘El pájaro loco’, al lado Consuelo, la madre. En seguida Nayid, Marcela, Servio Revelo, Nazario, David y Edgar. Una foto de mediados de los 80. Ya todos habían crecido: de mayor a menor, Edgar, Marcela, Nazarío, Nayid y David.

problemas con mamá, pero mis padres terminaban comprendiendo. Por varios años vivimos muchas

aventuras buenas y malas en la capital.

     Para 1975 terminamos viviendo en la prodigiosa tierra de la amistad, del ritmo carnavalero: la Costa Atlántica, en una hacienda llamada ‘La giralda’, en Sabanalarga, tierra de genios, donde la inteligencia brota como flores en los colegios y es orgullo de la región, donde son las mejores personas del mundo, se vive tranquilo. Por todos los rincones, en el pueblo pintaban las casas de blanco reluciente como mostrando felicidad y paz.

     Lo mejor: no estudiaba. Era muy feliz con unas largas vacaciones de más de un año, aprendiendo las artes del agro. Mi primo mayor, el costeño, me enseñó a montar a caballo: me aficioné, con la espalda recta y trotando sin perder el porte de buen jinete, usando cachucha y botas altas de cuero color castaño, látigo corto y las espuelas, que accioné suavemente, y la rienda. Yo mismo ensillaba mi alazán blanco criollo, con mucho cuidado de no ser pateado por el animal. Para mí, él era más fino que los de pura sangre, ¡no había ni burros ni burras!

     En aquel lugar conocí muchas cosas del campo, no teníamos juguetes, yo los inventaba de lo que fuera de chatarra, de madera o cosas que encontraba por algún lado: ensamblaba bonitos e ingeniosos artefactos para el juego.

     En las fiestas, los trabajadores amenizaban los festejos con grupos de vallenatos sencillos, con guitarras y cajas (tambores pequeños), cantando a todo pulmón esas clásicas melodías de los viejos tiempos de las tierras de cantores con la mayor alegría.

     Los hombres trepaban velozmente con increíble práctica a los palos de cocos a bajar la fruta, para sacar el jugo y preparar cocteles con ron tres esquinas y agua de coco. Las niñas se empeñaban en enseñarme a bailar: por muchos meses lo intentaron, hasta que se aburrieron, no sé por qué. Con los otros niños, en los pantalones, portábamos hondas en un bolsillo y, en el otro, piedras

pequeñas: salíamos de cacería de pajaritos. Al ganado les veía jorobas, me parecía extraño y pensaba que padecían una enfermedad genética que les degeneraba la columna en el lomo. De todo lo vivido, lo que más me marcó fue ver las culebras como la cascabel, que en la cola termina con óvalos transparentes escalonados que van disminuyendo de tamaño. Entre más edad, tiene más divisiones en el sonajero. Siempre permanecen enroscadas y para atacar aturden a la víctima con el sonido de sus cascabeles, que agitan con rápidos movimientos en la cola. La boa de color oscuro, unas grandes, gruesas, no muerden, pero trituran al enroscarse alrededor de la víctima y aprietan hasta causar la muerte. La coral es más pequeña, una belleza de colores llamativos en anillos con rojo, y negro (algunas con amarillo ó blanco) brillante, la gran mayoría. Dan ganas de agarrarlas. Unas iguanas destellando colores plateados, verdosos y rojizos, con piel como metalizada, con dedos largos delgados y aletas verticales que van desde la cabeza hasta la cola. Casi siempre permanecen inmóviles, pero cuando se mueven son muy veloces, por momentos sacan una extraña lengua que esta partida en dos, como una Y. Me parecía que la sacaban para cazar aire. Los cocodrilos, con sus cueros como de rocas petrificadas, por horas permanecen paralizados, camuflados entre la hierba o las aguas, a veces con la jeta abierta, esperando la presa: con gran agilidad la atrapan y la engullen.

     Pude apreciar la belleza y sabiduría de la naturaleza al ver pelear dos toros cebú, que se enfrentaban a cachonazos y uno tercero era como el árbitro. Los separaba cuando alguno trataba de ser tramposo. Los observé desde muy lejos, por más de una hora, pero siempre viene a mi mente como una demostración de que los animales son más inteligentes que muchos humanos. Nos acompañaban dos perros de raza pastor alemán, llamados por mi padre con nombres de dictadores latinoamericanos, como forma simbólica que no deben existir esos maléficos personajes, pero estos sí eran fieles amigos, buenos protectores, siempre nos cuidaban a los tres pelaos y la vivienda.

     En la casa de la finca los trabajadores me

contaban leyendas como que en los años 40 un señor de apellido español falsificaba billetes en esa quinta y los transportaba por el río Magdalena en chalupa… O que en esa zona se paseaban por la noche las brujas en los techos de todas las casas, volando mágicamente en unas esplendidas escobas: mamá las alejaba dejando las tijeras abiertas en forma de cruz. Decía que eso las alejaba, me ordenaba que me pusiera los calzoncillos al revés, que eso me protegía de brujerías. Por supuesto, dormir allí solo no me gustaba mucho. No era miedo, sino, tú sabes… Muchas veces me afirmaban que si encontraba un cabello largo en mi cuarto era de una bruja que me quería llevar. Otra increíble narración hablaba de una mujer de cabello largos, muy largos, piel canela, muy bella, súper hermosísima, que en los amaneceres de luna llena salía a pasear desnuda. La verdad: por simple curiosidad muchas veces dejé la ventana de mi habitación entreabierta, a mi lado unas tijeras abiertas en forma de cruz y de mi cuello colgaba un escapulario bendecido por el cura del pueblo: esperé verla, fueron muchas trasnochadas, pero nunca tuve suerte.

     Uno de los trabajadores era un señor de mucha edad, ojeroso, no muy alto, flaco y encorvado, arrugado como acordeón vieja, creo que de más de ochenta años. Era un experto en desyerbar y maestro en manejar el machete. Una noche sonaban unas maracas por toda la mansión, el sonido nos invadía de miedo, envueltos por ese ruido estremecedor: esperábamos un ataque en cualquier momento. Estábamos solos con mamá, ella con un revólver en la mano derecha engatillado, mirando aterrada a todo lado, mis hermanitos aferrados a sus piernas, con la mano izquierda me tocaba la cabeza como protegiéndonos… Para fortuna, de pronto llegó el anciano con una linterna y machete al cinto. Del hombro le colgaba una cantimplora que siempre portaba con guarapo. El cráneo lo cubría con un sombrero vueltíao, de esos típicos y famosos de la Costa Atlántica colombiana: nos tranquilizó. Dijo que pronto les acabó el estropicio y se fue. Llevó los dos perros como acompañantes. A la media hora regresó, contó que era una cascabel enorme, que ya le había matado. Con ello, regresó la tranquilidad. Era lo más común encontrarse con esos animales, mientras no se molesten no hay peligro, pero tocaba andar con mucho cuidado y más cuando era a caballo. Un día a mi madre se le desbocó la bestia al ver una culebra: un valeroso jinete negrito corrió en su potro y los

alcanzo gracias a Dios.

     En una madrugada, a eso de las tres, escuchamos unos chasquidos y movimientos de ollas en la cocina. Mamá me llamó y fuimos al recinto: andaba llena de ranas verdes, eran como doscientas, brincando a cada momento. Pensé qué hacer. Solo se nos ocurrió echarles agua caliente y se fueron rápido.

     El río Magdalena quedaba cerca de la casa campestre y muy distante veía una isla pequeña y afirmaban que era, ni más ni menos, un cocodrilo haciendo la siesta; decían que se había comido una niña y varios hombres de la región andaban pendiente de la cacería de ese monstruo. Otros habían matado a uno y al abrirle el estómago le encontraron unos anillos, un reloj y una

cadena de oro de alguien que este había digerido semanas antes... Otro día fui de pesca acompañado de una señora del servicio: una mujer grande acuerpada. Como a la hora, después de varios fallidos intentos, logré pescar un animal muy fuerte que venció mis fuerzas, la mujerota me ayudó. Por un buen rato luchó hasta que al fin le ganamos: al sacarlo, era una culebra muy ágil, ella, supuestamente, la mató a garrotazos. Regresamos en la tarde con papá a mostrarle y solo encontramos las huellas del arrastrase para regresar al agua. Nunca más volví de pesca.

     Con el tiempo, los caimanes invadían las orillas y pernotaban en la playa. Para rematar, la propiedad fue invadida por los colonos y todo se fue a pique.

     Edgar Awad Virviescas

     Desde Sabanalarga tierra de genios en la hermosa Colombia

     Junio de 2017